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martes, 28 de febrero de 2017

Acercándonos a las crisis de la democracia en el siglo XXI

¿Cuál es el destino de este particular artefacto griego?
La democracia es un artefacto frágil pero brillante, cargado de múltiples virtudes, pero vulnerable y poroso frente a diversas amenazas. En el marco de la construcción de una sociedad abierta es un instrumento idóneo para garantizar la legitimidad del orden público, pero no consagra estabilidad porque se nutre de una incertidumbre fundamental: el poder está sometido al escrutinio público.

El matrimonio entre la antigua y polémica tradición democrática, con dos mil quinientos años de antigüedad, y la más reciente tradición liberal, con poco menos de dos centurias de experiencia, parece ser tan sólido que muchos han olvidado que fueron creados como dos artefactos distintos, ideados para resolver dos problemas diferentes en la sociedad. La democracia que responde a la pregunta del origen y fundamento del poder, el gobierno de los muchos, de las mayorías, del pueblo, de los ciudadanos. Y el liberalismo que se propone limitar el alcance del poder, de cualquier poder.

Una democracia rechazada por las elites desde sus inicios
No siempre ha tenido buena prensa la democracia. Los antiguos relatos sobre su génesis, sobre su primer experimento griego, han llegado a nosotros a través de sus críticos, desde filósofos como Platón y Aristóteles, hasta historiadores como Tucídides, pasando por dramaturgos y comediantes. En el mundo romano la vital participación del populus en el funcionamiento de la República resulta opacada en una literatura dominada por la clase senatorial. Efectivamente, las huellas escritas que han sobrevivido provenían en su mayoría de elites que veían con aprehensión la igualación inherente a la democracia, precondición para su funcionamiento, condición del concepto de ciudadanía.

Luego de un mutismo dilatado la democracia volvió a colocarse en la agenda del poder con las revoluciones y el inicio del derrumbe del orden tradicional, del Antiguo Régimen. La Revolución Inglesa de 1648, la Revolución Americana de 1776, la Revolución Francesa de 1789, y la emergencia de las repúblicas americanas entre 1810 y 1830, volvieron a traer los principios democráticos al fragor de una lucha por construir un nuevo orden más racional. El concepto de democracia compartía espacio en el debate público con la República, con el liberalismo, con la aparición de un orden constitucional, con una nueva manera de comprender la ciudadanía.

República, democracia y liberalismo: tres ideas
Es en este marco en el cual Huntington coloca su primera ola de democratización. Estos regímenes del siglo XIX no serían reconocibles como democráticos según los parámetros del siglo XXI, pero representaron impresionantes saltos cualitativos respecto a las testas coronadas que habían dominado Europa durante siglos. La soberanía popular, los nuevos regímenes representativos, abrieron paso a la construcción de un orden de arriba hacia abajo.

Las democracias que emergieron a partir de regímenes liberales como los de Inglaterra en el siglo XIX, o de sistemas republicanos, como los de Estados Unidos, estuvieron marcados por una lucha para ampliar la ciudadanía sobre instituciones previamente existentes, sobre el antiguo Parlamento, por ejemplo. Esta ampliación democratizadora de la ciudadanía no se dio sin resistencia, la incorporación de los obreros como ciudadanos activos, para elegir y ser elegidos, de las mujeres, costó sangre, sudor y lágrimas para los actores involucrados. En Estados Unidos no se completó el sistema sino hasta los años sesenta del siglo XX.

Nuevos actores le dieron novedosas formas a la democracia
La ampliación de la ciudadanía articuló la tradición democrática también con una nueva tradición socialista. En Europa continental el Estado liberal y la democracia tardaron más tiempo en consolidarse, la resistencia a vencer fue mucho más intensa, y requirió la integración de repertorios distintos, de agendas propias del siglo XX, que se sintetizaron con la agenda democrática y liberal del siglo precedente.

Cada generación amplía el repertorio
Tras la derrota del fascismo se consolidaron otro conjunto de regímenes democráticos en la Europa continental. El Estado de Bienestar se consideró un logro también de la democracia. Los derechos económicos y sociales, y un Estado activo en la consecución de nuevos progresos en la calidad de vida de los ciudadanos es consustancial con la política democrática de posguerra. De allí que mucho ciudadanos europeos consideren que cualquier vulneración al Estado social es un daño también al Estado democrático.

Más allá de importantes avances en el Cono Sur, la agenda democrática se abrió paso en América Latina luego de 1930, desarrollándose contra los regímenes oligárquicos consolidados desde fines del siglo XIX, y contra dictaduras patrimonialistas o militaristas. También en América Latina los avances en la construcción democrática combinaban la ampliación de la ciudadanía política y civil con crecientes exigencias de inclusión y de ampliación en ciudadanía económica y social.

A todas estas, la democracia era percibida como un logro colectivo, como fruto de luchas colectivas, que devenían en avances globales para la sociedad en concreto. Eran, en sí, expresiones del poder de la gente, y se sostenían sobre el poder de la gente. Durante el siglo XX, sobre la idea del poder del “hombre común”. Las instituciones, es decir las reglas de juego, permitían que el poder se encontrara igualmente repartido, para proteger a todos y a cada uno.
Así, son las exigencias que acompañan al movimiento pro democratización las que definirán que se entiende por democracia en una sociedad concreta. A esa definición, y a esas prácticas, es que hemos de referirnos al hablar de la crisis de la democracia, o el proceso de “desconsolidación” de las mismas a principios del siglo XXI.

Nuevos repertorios modificaron el concepto
Otro dato que es importante retener es la territorialidad de la democracia, la correlación existente entre una estatalidad y la democratización. El discurso democrático liberal, en su vertiente más dominante, hace énfasis en el funcionamiento del sistema democrático como sistema institucional de protección de los derechos frente al abuso del poder político, la resistencia contra el autoritarismo. Asimismo se incorporan las reglas institucionales que hacen posible la constitución misma del poder político sobre un territorio, las elecciones universales, libres, limpias, abiertas y competitivas. Pero hay un aspecto que ha venido descuidándose, al darse por descontado, más allá de la protección de los individuos frente al poder, la democracia es también una forma de ejercer el poder por parte de la ciudadanía.

Es aquí donde se nos atraviesa el tema de la globalización. El retroceso del Estado frente a los flujos económicos globales y la pérdida de control ciudadano sobre eventos que comprometen o marcan su propia existencia. La principal amenaza a la democracia viene de la sensación de impotencia del ciudadano. Sobre esta impotencia cabalgan nuevas formas autoritarias, usen ropaje populista o ropaje tecnocrático.

Flujos y reflujos contemporáneos

Grandes esperanzas
El derrumbe de la Unión Soviética en 1991 trajo consigo lo que pareció ser la mayor expansión de la democracia desde mediados del siglo XIX. La década de los noventa hizo pensar a algunos que, finalmente, la humanidad había descubierto la piedra filosofal en lo que se refería a regímenes políticos y modelos económicos: una democracia liberal y una economía libre. 

Simplemente era cuestión de tiempo para que el resto de la humanidad siguiera la ruta marcada por Estados Unidos y Europa Occidental. Esa fue la postura que hizo famoso a un neo-hegeliano Francis Fukuyama, quien apostaba por el “fin de la historia” y la consagración del orden liberal.

Pero el devenir de la historia nos llevó por derroteros distintos. Efectivamente la democracia se expandió como nunca antes, y durante los primeros años del siglo XXI logró la humanidad sacar de la pobreza a cientos de millones de personas.

Entonces, ¿por qué estamos hablando hoy de la crisis de la democracia? ¿Por qué se encuentra en el centro del debate el proceso de “des-consolidación” de las democracias tradicionalmente sólidas?

"Desconsolidación" de la democracia entre las nuevas generaciones
El tema de la apatía cívica, en el debate contemporáneo, tenía dos acercamientos. Tendía a percibirse como un algo normal e inofensivo dentro de las democracias consolidadas con economías modernas, sólidas y estables. En la medida en que el sistema democrático se consolida la política parece normal que la política pierde importancia cotidiana para la mayor parte de la sociedad. Hay quienes podrían considerar este proceso hasta sano, al colocar el funcionamiento de la institucionalidad política en manos de especialistas, tecnócratas u hombre de aparato, expertos en procesar demandas y convertirlas en políticas públicas. En las democracias no-consolidadas podía verse como un proceso crítico, pero subsanable con campañas cívicas, con reformas que profundizaran la democracia y descentralizaran el proceso de construcción de las políticas públicas.

Pero el autoritarismo no desapareció del espectro político. Asumió un nuevo ropaje, emergieron regímenes híbridos de diverso tipo, hasta llegar a cubrir a un tercio de la humanidad.

El autoritarismo también se reinventa
La crisis del 2008 llevó la amenaza al centro del sistema, y la respuesta llamó la atención. La tensión entre la globalización planetaria y las democracias, territorialmente establecidas, empezó a expresarse en dramas concretos.

Recordemos algunos hechos. Durante 2011 las instituciones europeas presionan a gobiernos concretos de la Europa meridional, determinando cambios más allá de los mecanismos democráticos. El caso de la selección de Mario Monti como Jefe de Gobierno en Italia, en noviembre de 2011 podría ser un ejemplo, su mérito fundamental era su experiencia no-partidista en instituciones europeas. En otro sentido, pero similar, se realizó una reforma, con aprobación bipartita, a la Constitución española de 1978, esta presionada por las instituciones europeas en el mismo año 2011.

Las movilizaciones de jóvenes en Estados Unidos y en Europa, en el marco de la crisis financiera, no son un tema menor. Más allá del tema antiglobalización hay un llamado de atención al establishment político y económico. De allí la emergencia de la apuesta populista, bien sea de izquierda o de derecha, el impacto de su reclamo expresa una crítica a la brecha entre los representados y sus representantes.

Los progresistas buscaron su ruptura con el establishment
En los sectores progresistas hubo búsqueda de salidas que disputaran el dominio de la política al establishment tradicional. Recordemos que Barack Obama llegó a la Presidencia como una alternativa crítica, candidaturas como las de Bernie Sanders en EEUU y Jeremy Corbin en el Reino Unido eran expresión de esta búsqueda.

El ala derecha, conservadora, también presentó sus representantes rupturistas, con una agenda distinta, culturalmente reaccionaria, tradicionalista, con rasgos xenófobos, anti inmigrantes y anti musulmanes. Reclamando el retorno a una sociedad imaginada como homogénea y pacífica, lo que no es sino una recreación idealizada de un pasado que nunca existió. Donald Trump es la expresión más acabada de este populismo reaccionario.

Lo que se trasluce detrás de toda la onda populista es la crítica a la brecha existente entre los ciudadanos y el establishment, así como también una crítica a las incapacidades de la política para darle poder al ciudadano sobre los cambios que está viviendo. Una creciente cantidad de ciudadanos han sentido una pérdida de poder sobre sus vidas y sobre su futuro. Esto se encuentra en el centro de la agenda democrática.

Un nuevo pacto fundacional
Es hora de repensar una renovación de votos para el matrimonio entre el liberalismo y la democracia. No es posible la preservación de la democracia sin instituciones liberales, pero lo inverso también es cierto, el derrumbe de la democracia arrastra tras de sí a la institucionalidad liberal. El poder del ciudadano para controlar su vida y su destino va más allá de las reglas del mercado, es un asunto de política democrática, de deliberación pública. No es el dominio exclusivo de técnicos y tecnócratas, no es privilegio de expertos, sino construcción colectiva, inclusiva.


Otro tema es asumir la relación entre estatalidad, territorialidad del poder democrático, y la autonomía de los flujos globales. Todas las democracias realmente existentes implican administración del poder en un territorio determinado, la consolidación del Estado moderno precedió su conversión en un Estado liberal y luego su democratización. El desmontaje del Estado moderno, en sus atribuciones, funciones e instrumentos, ha sido asimilado por la economía liberal pero ha generado un déficit en la política democrático. Sería recomendable reflexionar sobre una interrogante en dos sentidos: ¿Es posible globalizar la democracia? ¿Es posible democratizar la globalización?

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