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domingo, 22 de enero de 2017

¿Cómo llevarlos a unas elecciones?


¿Tendremos elecciones? ¿Cuándo y cómo?
Grandes cuestiones en la vida humana dependen de hacer la pregunta correcta. Avanzamos más a partir de nuestras dudas que sobre nuestras certezas. Por eso decidí comenzar este escrito escudriñando alrededor de una interrogante fundamental para poner en claro el futuro inmediato de Venezuela.

El deslizamiento autocratizante


Desde las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 la dinámica del sistema político venezolano no ha dejado de fluir. Hasta hace poco tiempo podíamos caracterizar al régimen como un autoritarismo competitivo. Hoy la autocratización ha venido avanzando hasta eliminar los escasos rasgos competitivos del sistema, Venezuela está sumergida en un régimen autoritario que viola los Derechos Humanos, persigue y encarcela a la disidencia, controla los medios de comunicación y, finalmente, confisca el derecho de los venezolanos a votar.

Luego de que la oposición democrática obtuviera las dos terceras partes de la Asamblea Nacional el gobierno de Nicolás Maduro apretó el cerco, estableciendo un verdadero estado de sitio contra el Parlamento. Utilizando recursos judiciales, financieros, presupuestarios, políticos y fácticos obstaculizó el funcionamiento autónomo del Poder Legislativo impidiéndole legislar y controlar al poder. El apresamiento de un diputado en ejercicio, violando la inmunidad parlamentaria, fue el cruce de una nueva raya amarilla en la destrucción de la institución parlamentaria.

Tareck: radicalización y autocratización
Sabiendo que el chavismo, en las críticas condiciones actuales, no tiene capacidad de ganar ningún evento electoral, el gobierno tomó la arriesgada decisión de bloquear toda posibilidad de un referéndum revocatorio en 2016. Incluso fue más allá, violentando la Constitución, decidió evadir las elecciones regionales que debían realizarse a finales de año. En el mismo sentido varios voceros del chavismo, e incluso el mismo Presidente Maduro, han dejado deslizar una amenaza clara, en Venezuela no tendremos nuevas elecciones mientras no existan posibilidades de un triunfo chavista.

Utilizando un Comando Nacional Antigolpe, dominado por los militares, la recién estrenada vicepresidencia de Tareck El Aissami ha puesto en ejecución una arremetida autoritaria de amplio alcance. El SEBIN, policía política del régimen autoritario, protagoniza razzias contra opositores, siembra evidencias falsas contra disidentes, los secuestra y encarcela violentando derechos. El cerco se cierra sobre Venezuela.

El abismo que nos separa de las elecciones

 

Compromiso con la vía electoral
En esta circunstancia la pregunta que titula este artículo cobra especial vigencia. Desde la Mesa de Unidad Democrática los distintos factores de la oposición han impulsado un cambio político a través de medios pacíficos, democráticos, constitucionales y electorales. Esta estrategia, de acumulación de fuerza con expresión electoral, ha traído consigo importantes éxitos desde que se retomó la vía electoral en 2006. Pero la respuesta gubernamental ha sido autocratizarse más y más. Tras cada evento electoral el régimen se cierra sobre sí mismo, la elite gubernamental se atrinchera en el poder, y se bloquean los caminos que llevarían a su sustitución.

¿Qué es necesario para que sea posible una solución electoral de la crisis venezolana? ¿Qué garantía existe de que el gobierno convoque elecciones regionales y municipales en 2017? ¿Qué garantía existe de que convoque elecciones presidenciales en 2018? ¿Qué pasó con la convocatoria para el referéndum revocatorio presidencial?

Incluso podemos complejizar las preguntas, ¿qué garantías existen de que el gobierno permita la participación de la oposición en un evento electoral futuro? El manto de la ilegalización se cierne sobre las organizaciones políticas de la oposición venezolana, el Consejo Nacional Electoral y el TSJ tienen en sus manos la posibilidad de sacar del juego electoral a los partidos políticos que forman parte de la MUD. Inhabilitaciones políticas han caído sobre muchos dirigentes, nacionales, regionales y locales, la persecución obliga a muchos a esconderse o salir del país.

¿Seguirá Venezuela el mal ejemplo de Nicaragua?
¿Podría plantearse el gobierno convocar unas elecciones sin dejar participar a la oposición? ¿Servirá el mal ejemplo de Nicaragua de espejo para el futuro venezolano? Hay regímenes autoritarios que pretenden, en determinadas circunstancias, escoger su oposición, lanzando algunas a la ilegalidad, proscribiendo liderazgos, aupando otros. ¿Se planteará el chavismo un teatro de esa calidad para 2017 o para el 2018?

Si depende del gobierno en Venezuela no volveremos a tener elecciones libres, plurales, justas y limpias. La cuestión es lograr que no dependa del gobierno. El poder se basa en obligar a otro a hacer algo que, en principio, no quiere o no está dispuesto a hacer. Es allí donde la oposición democrática debe demostrar el ejercicio de su propio poder.

Factores desigualmente ambiguos


Hay quienes señalan que varios factores "obligarán" al gobierno, no solo a convocar elecciones, sino también a entregar el poder. Me permito tener dudas al respecto, pero vamos a repasar algunos de estos elementos catalizadores de un cambio político en Venezuela.

¿La crisis asegura el cambio político?
Primero, la crisis socioeconómica. Venezuela ha perdido en tres años la quinta parte de su producto interno, la inflación puede alcanzar dos mil por ciento en 2017, la destrucción de la capacidad productiva interna y la reducción sustancial de las importaciones han llevado el hambre a la vida de los venezolanos, multitudes escarban cada día en la basura buscando comida en todo el país. El gobierno aprovecha esta situación para distribuir la escasez a través de los CLAPS, que funcionan además como mecanismos de control político y social. La creación de un “carnet” para distribuir alimentos es un preocupante paso en la consolidación de todo un aparato para controlar a la población a partir de la manipulación de sus necesidades más básicas.

Pero la crisis económica, y la legítima protesta vinculada al hambre y al empobrecimiento generalizado, no obligan necesariamente a un gobierno a llamar a elecciones libres. Se requiere una correa de transmisión entre la protesta social y la movilización política. Eso no se da solo, eso debe construirse voluntariamente. ¿Cómo están esas correas de transmisión? ¿Cómo están los vínculos entre los distintos movimientos sociales que pueden hacer de la indignación ciudadana una presión que mueva las estructuras de poder hacia algo distinto que la consolidación autoritaria?

Segundo, la comunidad internacional. Se sostiene que, en el siglo XXI, no es posible la consolidación de un régimen autoritario, y mucho menos en el espacio latinoamericano. Suponen algunos que el proclamado compromiso con la democracia caería como pesado fardo sobre todo régimen que pretenda eternizarse de manera autoritaria.

El fracaso de la Primavera Árabe impulsó el conservadurismo
Lamento tener una percepción distinta. El amargo final de la Primavera Árabe en 2011 contribuyó a consolidar las visiones más conservadoras en los decisores de las políticas exteriores de los miembros de la comunidad internacional. En el siglo XXI vemos la aparición y consolidación de nuevas formas de autoritarismo, y parece haber una incómoda resignación frente a este hecho.

Luego del fracaso de 2011 las preocupaciones reales de la comunidad internacional son otras distintas a la democracia. En primer lugar, la seguridad, la estabilidad política y social, para evitar movilizaciones masivas de refugiados, como los que mueren de frío hoy tocando a las puertas de Europa, y para evitar la expansión del terrorismo o la generalización de los estados fallidos. En segundo lugar, las facilidades para realizar negocios, para garantizar crecimiento económico sostenido y ganancias crecientes para los inversionistas. Tras garantizar estas prioridades, si queda algún espacio, colocarán en lista a los derechos humanos, la democracia procedimental y el cambio climático. La diplomacia parece estar retornando a los criterios pragmáticos que la dominaron durante mucho tiempo.

Seguridad y negocios como prioridades
Eso significa que la comunidad internacional no hará nada que nosotros no hayamos construido internamente. No son un elemento sustitutivo de los actores internos, de las fuerzas vivas que estructuran a la sociedad. Esta perspectiva es clave para observar, por ejemplo, el papel de los mediadores internacionales en el diálogo venezolano, su criterio de éxito es la estabilidad, su victoria es evitar el conflicto. ¿Es exactamente eso lo mismo que buscan las fuerzas democráticas venezolanas?

Podemos incorporar a la reflexión otros factores. Uno es la unidad del bloque de poder y la relación entre éste y la sociedad. Para conseguir acercarnos a la democracia es importante romper internamente el bloque de poder, aislar a la nomenklatura, a la pequeña elite que se enriquece sobre el empobrecimiento de las mayorías, que acumula poder sobre la impotencia de los ciudadanos. La escalada represiva y el cierre autocrático significa un atrincheramiento en el poder, pero detrás de esas trincheras son muy pocos los que caben, los que disfrutan de los privilegios.

Atrincherados en el poder, solitarios en la cumbre
El proceso de aislamiento se acelera en medio de la crisis y la represión, hay que construir puentes con la disidencia proveniente del chavismo. Es allí un espacio privilegiado y amplio para el diálogo, para la construcción de nuevos consensos sociales y políticos. Para esto es importante prestar atención a la lucha de facciones dentro del chavismo como movimiento político y social, separando la paja del trigo. Desde allí vendrán importantes señales de fractura que anunciarán el acercamiento para un cambio.

Es el mismo caso de la Fuerza Armada, el poder ha insistido en desinstitucionalizarla, en corromper a sus elementos constitutivos, en utilizarla como un instrumento del poder autoritario para perseguir, aplastar a la disidencia, regentar empresas públicas ineficientes, distribuyendo negocios entre algunos de sus altos y medios oficiales mientras la tropa sufre el desprecio de la opinión pública, con familias que sienten el hambre, la escasez y la inseguridad como el resto de los venezolanos.

El catalizador imprescindible


¿Cómo llegar a las elecciones?
¿Entonces? Queda mucho por hacer. A pesar de mis aprehensiones he de reconocer que los factores previos son importantes para hacer posible obligar al gobierno a llegar a un evento electoral. Pero las herramientas han de ser usadas en movimientos coherentes y coordinados.

Los que hemos luchado por un cambio político que nos conduzca a la democracia apostamos porque la crisis venezolana desemboque en un proceso electoral que coloque en manos del pueblo venezolano su destino. El voto es el arma igualitaria del pueblo en la conquista de su propio futuro. Pero no bastan los buenos deseos, deben venir acompañados del poder efectivo.

Si nos atenemos al cronograma electoral, parte de los restos de democracia que sobreviven en la conciencia y en la opinión pública venezolana, debíamos tener elecciones para gobernadores y asambleas legislativas regionales en diciembre de 2016. No las hubo. En medio de las presiones el CNE dejó deslizar, en una rueda de prensa, la posibilidad de tener elecciones regionales en el primer semestre de 2017, y municipales para fin de año. Después de ese pseudo-anuncio nada ocurrió, ¿la convocatoria? ¿El cronograma electoral? ¡Nada!

Mientras, entre el TSJ y el CNE se desliza el inicio de un proceso de recolección de firmas para permitirle a los partidos políticos seguir actuando. Se ve venir una carrera de obstáculos para preservar la acción legal de las organizaciones democráticas. El gobierno aprovechará para ilegalizar organizaciones sembrando evidencias, bloqueando opciones, inventando triquiñuelas varias, asimismo estimulará la competencia interna entre los partidos para debilitar la capacidad de contestación de la sociedad. Eso está cantado.

Un Poder Público Nacional con mayoría democrática
La sociedad democrática cuenta con elementos importantes para dar la lucha que viene. Institucionalmente cuenta con el control de un Poder Público Nacional, la Asamblea Nacional, que cuenta con la mayor legitimidad para actuar, más allá del estado de sitio dentro del que actúa. El Parlamento tiene la legitimidad popular para legislar, deliberar y desarrollar mecanismos de control del poder. Cuanta la oposición además con tres gobernaciones y algunas importantes alcaldías.

Cuenta además con el poder de la gente. La gran mayoría de la población venezolana rechaza hoy al gobierno nacional, a su Presidente, a su gabinete y a sus políticas. Las encuestas señalan que una parte importante de la sociedad está dispuesta a movilizarse en la defensa de sus derechos si es convocada con un mensaje claro por parte de un liderazgo con legitimidad. Es claro que las elecciones son la expresión más igualitaria y plena del pueblo como un todo y hacia allá debemos apuntar.

Pero, ¿si las vías electorales son bloqueadas de qué manera puede el pueblo demostrar su poder? Es aquí donde el factor de la movilización pasa a colocarse en primer plano. Razones para la protesta existen en toda la sociedad, hambre, escasez, miseria, inseguridad. La indignación crece al mismo ritmo que la desesperanza, la primera mueve a la acción, la segunda al ensimismamiento. La primera puede convertir a la población en motor de cambios democratizadores, la segunda lo convierte en masa inerte, hiperindividualizada e impotente. En esa encrucijada nos movemos.

Indignación popular como catalizador
A lo largo de nuestra historia la sociedad venezolana, el pueblo venezolano, ha desarrollado un repertorio de protestas, de acciones recurrentes, de mecanismos de contestación social, de legítimo conflicto político frente a los distintos abusos del poder, de todo tipo de poder. La sociedad venezolana de 2016 no es la de 1998, pero en la exploración de sus propios repertorios podemos encontrar la clave para desatar toda su fuerza transformadora.

Lo que se consiga en cualquier espacio de intermediación política, sea una mesa de negociación o una de conflicto, dependerá de lo que pueda conseguirse en las calles, en las movilizaciones, fruto de la presión social que se desate contra el poder establecido. El poder tiene que sentirse en crisis para que esté dispuesto a ceder, para que sea posible un cambio en la correlación institucional o en el funcionamiento del poder aquellos que los detentan tienen que temer, tienen que percibirse en riesgo. La comodidad del poder no traerá ningún cambio que nos conduzca a la democracia.

Efectivamente la represión se encuentra a la orden del día, el miedo es instrumento fundamental del autoritarismo para consolidarse, pero la creación de un clima de agitación articulado con la indignación social es vital para construir un camino que nos lleve a una solución electoral.

Varios tableros, una estrategia 


Movilización y negociación en una sola estrategia
En ese marco es prioritario mantener la legitimidad y la credibilidad que se requiere para mantener la movilización. No es un tema de moderados contra radicales, ni de dialogantes contra movilizadores, sino la conciencia de que es un solo juego que se expresa en dos tableros.

Que los que se sientan en una mesa para construir un cambio político que conduzca a la democracia son representantes, no de uno u otro partido político, ni de un grupo económico, ni de algún líder esclarecido, sino de un movimiento social que se encuentra arriesgándose cada día en la protesta, en la calle.

De igual manera, quienes se encuentren en la calle deben actuar con la conciencia de que la lucha solo será efectiva en la medida que tenga un cauce negociado, que se está mostrando la fuerza para negociar en mejores condiciones una verdadera transición a la democracia.

El doble enlace a construir


Las movilizaciones para exigir elecciones regionales son un imperativo político que permiten distribuir la presión social a lo largo de todo el territorio nacional, en la medida en que se construye políticamente un doble enlace.

Trabajar desde la cartografía social de la Venezuela de 2017
Primero, un vínculo con los sectores sociales que sufren la crisis, desde una perspectiva de subalternidad, que construya discursiva y organizativamente una nueva dicotomía política, la que separa a “ellos”, los acomodados, la nomenklatura, los poderosos, de “nosotros”, los de la periferia, los que sufren la crisis, los que deben resolver el día a día, el pueblo venezolano, el común.

Sobre esa dicotomía, sobre esa nueva polarización, debe montarse la movilización, el conflicto y los nuevos consensos. Eso implica reconocer la existencia de una sociedad distinta, el pueblo venezolano tiene una topografía específica en 2017, que no corresponde a la de 1998, la emergencia de nuevos actores sociales, vinculados a los conflictos reales existentes debe ser conectada en sinergia con el proceso político. Es necesario reconocer a los actores que pertenecen a la nueva cartografía social de Venezuela. El cambio político debe pensarse de abajo hacia arriba, debe pensarse desde los sufrientes, desde las víctimas de la destrucción, desde los más pobres, desde las periferias, solo desde allí se desplegará una fuerza de ruptura histórica, es allí donde se encuentra la mayor energía potencial para un cambio profundo.

Segundo, un enlace entre las elecciones regionales y el problema nacional, la resolución de una crisis que se reconoce como nacional, con el cambio político general. La gente no es tonta, está clara que la permanencia del presente gobierno en el poder, en el control del Estado, hace imposible resolver la crisis social, la escasez y el hambre. Por ende, hay que articular, en la práctica y en el discurso el cambio político regional con el cambio político nacional.


Solo así podremos llevar a unas elecciones a quienes no quieren ir. Solo con la movilización de estas energías puede generarse una mesa de conflicto que sea fructífera en términos de cambio, en términos de un nuevo diálogo social, en términos del establecimiento de un nuevo pacto social democrático. Sin estos enlaces lo que viene es una consolidación autoritaria con anomia social y violencia cotidiana, un Estado débil y una sociedad en proceso de disolución. Esa es la amenaza a detener.

martes, 3 de enero de 2017

Sueños utópicos y pesadillas distópicas para la Venezuela de 2017… y después

La bruma avanza tragándose los últimos rayos de luz que brillaron durante 2016, los pocos datos disponibles anuncian para 2017 una profundización de la crisis que se expresará en mayor miseria, así como en la destrucción de la moneda con una inflación superior al dos mil por ciento.

Hemos leído múltiples balances del año 2016, cuando se desvanecieron muchas expectativas de cambio. En medio de la crisis más profunda de nuestra historia contemporánea la oposición dilapidó oportunidades y el régimen autoritario se consolidó sobre los escombros de nuestras esperanzas.

Las acusaciones abundan, los moderados acusan a los radicales de irresponsables, mientras estos últimos acusan de colaboracionistas o cobardes a los primeros. Los dialogantes se montan sobre la idea de que “esto es lo único que hay” para acusar de ineficaces a los movilizadores. Quienes veían en la Asamblea Nacional un motor de cambio político están enfrentados a quienes sostenían que el Parlamento venía a resolver los temas concretos del venezolano. Lamentablemente, para todos quienes impulsamos un cambio político que nos lleve a la democracia, ha sido un año de frustración y desengaño.

No deseo aburrirlos en este momento con más balances. En esta lucha que prosigue hay debates postergados recurrentemente que deberemos dar en el momento oportuno. Se suma el frustrante 2016 a las crisis de 2002, al diálogo de 2003, a la abstención de 2005, a las movilizaciones y el nuevo diálogo de 2014. Lo importante es comprender que, entre hito e hito, el régimen fue cambiando, fue desplegando su propia naturaleza hasta tornarse abiertamente autoritario. No se pueden evaluar las acciones de 2016 con los parámetros de 2002, al haber cambiado tanto el régimen como la correlación social, política e institucional del poder. Hay que comprender la dinámica política más que la estática, prestar atención a la película más que la fotografía.

Vamos hoy a ensayar algo distinto. Ante la espesura de la bruma es necesario extraer de nuestro maletín otras herramientas. Ante la escasez de datos y el reino de la incertidumbre desempolvemos nuestra imaginación, nuestra capacidad para crear. Donde no llega la ciencia llega la literatura, donde nuestros concienzudos analistas y estadísticos no pueden atisbar mucho, vamos a atrevernos a imaginar. La ficción se ha adelantado en diversas ocasiones a la política, a la tecnología, a las ciencias duras de las estadísticas. Vamos a imaginar un conjunto de escenarios para la Venezuela del cercano futuro, acerquémonos con los ojos de la imaginación, ya que nuestros instrumentos de navegación tradicionales están operando con dificultad. Hagamos un ejercicio de política-ficción para despejar la bruma y acercarnos a varios futuros posibles…

Venezuela, a partir de 2017…

El Ávila que domina la ciudad capital

Soft landing

Finalmente, todo se decantará en las elecciones
Empecemos con una utopía de elites: un tránsito democrático suave, con acuerdos entre elites para evitar cualquier desborde. La Asamblea Nacional se instalaría sin problemas el 5 de enero de 2017. El país empezaría a reinstitucionalizarse a pesar del agravamiento de la crisis económica y social. El empobrecimiento generalizado y la pérdida de legitimidad obligarían al gobierno a adelantar el cronograma electoral. A mediados de 2017 se realizarían elecciones regionales y la Mesa de Unidad Democrática gana más de quince gobernaciones y obtiene mayoría en las Asambleas Legislativas de los estados. El chavismo al saberse derrotado empieza a implosionar, mientras las instituciones del Estado descubren de pronto las virtudes del tránsito democrático. A finales de 2017 la oposición democrática gana ciento setenta alcaldías y arrasa en los concejos municipales. El gobierno inicia reformas económicas para superar la crisis, viene el FMI y todo se prepara para las elecciones presidenciales.

A mediados de 2018 se realizan primarias en la MUD de las que emerge un candidato legitimado para enfrentarse al candidato de un PSUV en decadencia. Ante la presión internacional el CNE decide realzar unas elecciones limpias. La oposición democrática gana y el 2 de febrero de 2019 el chavismo entrega el gobierno y las fuerzas democráticas empiezan a despachar desde Miraflores.

En el transcurso de este escenario la población soporta estoicamente, protesta disciplinadamente sin amenazar el tránsito progresivo a la democracia y las Fuerzas Armadas se quedan en una posición institucional mientras las elites políticas se sustituyen pacíficamente en el poder.

La cohabitación

Los moderados se necesitan mutuamente para superar la crisis
Un gobierno de Unidad Nacional con moderados de ambos lados. La Asamblea Nacional se instalaría el 5 de enero, las tensiones se palpan en el ambiente, la crisis económica se profundiza durante el primer trimestre del año, por la escasez de alimentos y medicinas. Luego del 10 de enero se reconfigura el funcionamiento del poder y la correlación dentro del bloque de poder. Al pasar la frontera que inicia el cuarto año del período de Maduro se desatan los quiebres y fracturas dentro del chavismo. Se incrementan las protestas sociales. Se hace imprescindible una nueva correlación institucional del poder. Oposición y chavismo se dividen entre radicales y moderados. Para hacer las reformas económicas operativas el gobierno requiere recursos externos que no podrá adquirir sin la aprobación de la Asamblea Nacional. Se ofrece un acuerdo entre los sectores moderados para llegar en paz y con reformas a las elecciones presidenciales de 2018. En este escenario una oposición moderada vota el paquete de reformas, un acuerdo negociado con el FMI y el Presupuesto presentado a destiempo. Se crea un gabinete “de Unidad Nacional” como expresión de una coalición moderada, con el compromiso de hacer elecciones presidenciales en 2018.

Acá también la gente espera y soporta mientras las elites políticas deciden su destino en paz, las Fuerzas Armadas se preservan institucionales y leales al gobierno de coalición.

Pesadilla roja

La agenda radical se impone
El totalitarismo se afianza. El gobierno, haciendo uso del TSJ, sigue bloqueando el funcionamiento de la Asamblea Nacional. Se instala con grandes dificultades, quedando bajo un manto de confusión sus capacidades para ejercer efectivamente sus funciones constitucionales. Dentro del chavismo se imponen los más radicales. Al poco tiempo se declara la ausencia definitiva del Parlamento y se convoca una elección particular en segundo grado para crear una Asamblea Comunal, elegida entre las Asambleas Legislativas regionales y los Consejos comunales. Se postergan todos los eventos electorales tradicionales en medio de una emergencia económica que se extiende en el tiempo.

Ante la crisis el gobierno acelera los controles económicos, apropiándose de todos los medios de producción, comercialización y distribución. El hambre se generaliza, así como la represión y el dominio del Estado sobre la sociedad. El empobrecimiento con dependencia inhibe la generalización de las protestas masivas. Se ilegalizan los partidos políticos de oposición, son tomados los medios de comunicación por el Estado. El ingreso petrolero, a pesar de la producción declinante, hace posible sostener el control del gobierno sobre una sociedad empobrecida. El régimen se autocratiza por completo con el apoyo de unas Fuerzas Armadas dominadas y sumisas. Contra todo pronóstico, se consolidaría un régimen totalitario en pleno siglo XXI. La comunidad internacional, conservadora, queda satisfecha con la imposición de un orden, aunque jamás desearían vivir en él.

Pesadilla verde

Se completa la militarización del poder
Se consolida el tutelaje militar de la política venezolana. Se instala la Asamblea Nacional el 5 de enero, pero la crisis se convierte en el tema central en la cotidianidad del venezolano. A partir del 10 de enero empieza el conteo regresivo para sustituir a Maduro en la Presidencia. El enfrentamiento entre el núcleo radical, comunista, y el sector militarista del chavismo deriva en una ruptura y un desplazamiento interno. Un Vicepresidente es impuesto por los militares, impulsando luego la renuncia de Nicolás Maduro. Con este gobierno post-Maduro se abre la posibilidad de una consolidación del chavismo militarista en el poder. Sería un gobierno con dos grandes retos, primero, su falta de legitimidad al ser un gobierno no votado, y la imperiosa necesidad de reformas económicas para superar la crisis. Este gobierno militar impondría una política de seguridad represiva y draconiana para reducir la delincuencia y los múltiples grupos criminales que actúan en el territorio. Asimismo su búsqueda de recursos para enfrentar la crisis podría derivar en una solicitud de préstamo al FMI y/o China, que abriría la posibilidad de establecer un modus vivendi con la Asamblea Nacional, que debería votar los préstamos, propiciando la realización de unas elecciones generales en 2018 bajo un manto de tutelaje militar y autoritarismo.

La disolución

El fin del Estado y del orden público
¿Recuerdan la disolución del Imperio Romano? Pues, así. La Asamblea Nacional se instala, pero tiene inmensas dificultades para ejercer sus atribuciones y funcionar. El Estado se va disolviendo. Las Fuerzas Armadas derivan progresivamente en fuerzas pretorianas para sostener a una pequeña elite en el poder.

Desaparece el orden público que va siendo sustituido por un vitral informe de seguridades privadas, en los sectores más pobres de las ciudades el orden se sostiene por medio de colectivos armados, pranes y diversas formas de organizaciones criminales, mafias, grupos guerrilleros. Alrededor de los símbolos del poder se agrupan los militares debilitados, desinstitucionalizados. Cual legionarios romanos en los últimos años del Imperio recorren caminos peligrosos como otras bandas armadas. Los rituales electorales podrían continuar realizándose pero determinados por los poderes fácticos que controlarían cada territorio, alcaldes y gobernadores sobrevivirían tutelados por los dueños de las armas y por los que controlan los flujos de recursos vitales y de negocios privados.

El país se divide de facto en territorios administrados por señores de la guerra, que administran vida, muerte y alimentos. Los ricos podrían pagar seguridad privada en urbanizaciones cerradas y calles cercadas, los que detentan los restos del poder político estarían custodiados y “protegidos” por militares que tutelan fragmentos del poder, ellos controlarían lo que quede de una menguante renta.

Los servicios públicos irían apagándose progresivamente, la industria petrolera, así como otros generadores de renta, menguaría rápidamente mientras no sea entregado a precios bajos a inversores aventureros que se arriesguen, sean chinos, sudafricanos, etc. El Estado habría desaparecido mientras se recrudecería el conflicto interno por la renta, los países vecinos cerrarían las fronteras tratando de evitar el desborde de la crisis venezolana sobre sus territorios. Estaríamos presenciando, quizás, el lado perverso de un mundo post-estatal, que podría repetirse en otras latitudes en el resto del siglo XXI.

La Revolución democrática

Lo inédito
La Asamblea Nacional se instalaría, pero su importancia se reduciría a menos que se convierta en caja de resonancia de lo que ocurre en la calle. La elite política, del chavismo y de la oposición, perdería su capacidad de convocatoria y su legitimidad. Emergen nuevos movimientos colectivos, formas de organización social que superan a los previos detentadores del poder. Las movilizaciones empiezan a cubrir las ciudades, poniendo en duda la capacidad del poder para mantener su orden. La capacidad para reprimir por parte de las Fuerzas Armadas se vería superada. Aparecería un nuevo movimiento social que impulsaría un cambio democrático, dejando atrás la polarización entre chavismo y antichavismo, pero generando otras polarizaciones entre los que se encuentran dentro de las estructuras institucionales de poder y quienes sobreviven en la periferia, arriba y abajo, dentro y fuera, superaría las dicotomías previas. El orden se pierde pero otro orden empieza a emerger.

¿De qué depende?

Cada uno de estos escenarios deriva de procesos y fuerzas que se encuentran presentes en la dinámica venezolana. Son las decisiones de los actores concretos las que inclinan la balanza en una dirección o en la otra. La decisión de autocratizarse por parte del poder ya está tomada. El ímpetu de cambio es dominante en la sociedad. La vocación conservadora que teme al riesgo también es fuerte entre las elites. La relación entre elites (políticas, económicas y sociales) y una sociedad heterogénea, empobrecida y con débil institucionalidad, parece estar marcada por la desconfianza.

La capacidad de esta sociedad para organizarse y movilizarse, así como la de las elites para vincularse orgánicamente con las expectativas de cambio dominantes entre la sociedad, nos pueden acercar a escenarios democratizadores. El cálculo menudo, la adicción al microjuego, la aversión al riesgo puede consolidar las peores pesadillas.


Hay cosas que no podemos elegir, que vienen en el mundo que nos tocó vivir, ¿de qué depende entonces ese futuro posible? De nuestras decisiones, de lo que hagamos con lo que tenemos. Esa es la apuesta de la modernidad, descubrirnos conscientes de que somos responsables del futuro. Que el mundo y el país que heredemos a las generaciones futuras se parezcan a nuestros sueños o a nuestras pesadillas depende fundamentalmente de las decisiones que tomemos, de las acciones que desarrollemos. Acá escoja su escenario, o dispóngase a crear uno distinto. 

domingo, 26 de junio de 2016

Con España hemos dado, Sancho

El futuro de España se decide a cuatro voces
Siendo venezolano tengo un especial cariño por España, por su pueblo, por su proceso histórico y por su democracia. Ese afecto no es nuevo. Los lejanos orígenes canarios de mi familia no pesaron mucho en mi crianza pero el impacto de la cultura española no me fue ajeno. En mi casa se hablaba con simpatía de la recientemente estrenada democracia española y de su Presidente Felipe González.

Al entrar en mi adolescencia compartí con hijos y nietos de migrantes españoles, quienes con sus gustos contribuyeron a moldear los míos. Al estudiar historia en la Universidad desarrollé gran interés por la experiencia de la Segunda República Española y la tragedia de la Guerra Civil. Con mis compañeros, futuros historiadores, tuve abundantes discusiones sobre el proceso histórico español. Leíamos con fruición obras clave sobre su historia, con la convicción de que no se puede comprender por completo el devenir de América Latina y de Venezuela sin entender el proceso de construcción de los pueblos ibéricos.

Venezuela en España, España en Venezuela



Tengo la certeza de que este afecto entrañable no me es exclusivo. Venezuela recibió una gran cantidad de exiliados españoles desde el estallido de la Guerra Civil en 1936. Estos inmigrantes enriquecieron y fortalecieron la cultura venezolana, como lo hicieron portugueses e italianos, quienes llenaron nuestras vidas con su comida y sus tradiciones, que se hicieron nuestras progresivamente. Nombres como los de Manuel García Pelayo, Juan David García Bacca y Juan Nuño forman parte integral del pensamiento venezolano. Nuestras universidades, públicas y privadas, no serían las mismas sin el aporte de su pensamiento.

Los estudiantes del 28 apoyaron a la República española
Los venezolanos hemos estado atentos al devenir histórico de España. El estallido de la Guerra Civil española en 1936 dividió el movimiento estudiantil venezolano. La Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV) decidió apoyar a la República, provocando la escisión de estudiantes provenientes de colegios católicos, quienes crearon la Unión Nacional Estudiantil (UNE), simpatizando con Franco y los “nacionales”. Venezolanos fueron a pelear en las Brigadas Internacionales para defender a la República en España. Posteriormente, republicanos exiliados participaron junto con los demócratas venezolanos en las luchas por construir una Venezuela libre y justa.

Durante el trienio octubrista (1945-1948) la Junta Revolucionaria de Gobierno, presidida por Rómulo Betancourt, rompió relaciones con el dictador Francisco Franco y procedió a reconocer el gobierno de la República en el exilio. Un gesto romántico que se cimentaba sobre valores sólidamente establecidos, la naciente democracia venezolana reconocía en la República española un proyecto político hermano.

El proyecto liberal y la democracia española


El proyecto liberal español, que podemos rastrear hasta la Constitución de Cádiz de 1812, tuvo en la experiencia democrática de la Segunda República (1931-1936) un momento estelar, seguido por una tragedia fratricida (1936-1939) y cuarenta años de una dictadura oscurantista que se extendió hasta 1975.

En Venezuela la transición a la democracia en España fue vista con júbilo y esperanza. Hacía apenas diecisiete años habíamos tenido los venezolanos nuestro amanecer libertario. La solidaridad venezolana se expresó tras la muerte de Franco. La amistad entre el Presidente Carlos Andrés Pérez y el líder socialista Felipe González fue un factor puente entre ambos países. Felipe llegó a España en un vuelo presidencial venezolano.

Las últimas cuatro décadas de la historia española constituyen su verdadero período dorado. Económica, social y políticamente el balance de la transición a la democracia en España es positivo. Democracia, sanidad pública, educación pública, bienestar social, libertades públicas, son logros históricos de la sociedad española durante estos cuarenta años. Nunca vivieron mejor los españoles que bajo el régimen democrático.

Una coalición social modernizadora y democrática


La Transición española se convirtió en un modelo para estudiar, y su ejemplo influyó en procesos de democratización posteriores en otras latitudes. Pero quiero hacer énfasis en un actor en especial de este proceso de transformación: el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), liderado por el grupo sevillano y por Felipe González, quien fue jefe de gobierno entre 1982 y 1996. El PSOE se convirtió en el partido por excelencia que consolidó al régimen político democrático que se inició en 1978.


Una generación de españoles estuvo marcada por la dinámica de la transición a la democracia y la modernización de la economía y de la sociedad. Fenómenos como la movida madrileña y el destape, la explosión de creación cultural y artística, transformaron la cotidianidad desde Sevilla hasta Barcelona, y de Valencia hasta Santiago de Compostela. Nuevas luchas, movilizaciones, determinaron la construcción histórica de los derechos de la democracia, incluyendo la sanidad pública, las pensiones no contributivas, el acercamiento a un Estado de Bienestar como nunca lo habían disfrutados los españoles.

Alrededor del PSOE y del liderazgo de Felipe González se aglutinó entonces una inmensa coalición social modernizadora y democrática, comprometida con convertir a la España arcaica del franquismo en un país libre, democrático y moderno. Sus fronteras estaban mucho más allá del “electorado” socialista, incorporando simpatizantes de otros sectores de izquierda y de centro, la progresía madrileña, los sectores medios de las urbes españolas apoyaron a los socialistas en este proceso.

El PSOE se proyectó en repetidas ocasiones como la izquierda posible, como el voto útil, moderado pero reformista, frente al romanticismo del PCE y de IU. De esta manera hegemonizaron los socialistas el espectro político de la izquierda sociológica. Esta coalición urbana, modernizadora y democrática, joven, renovadora, plena de artistas, hombres de la cultura, intelectuales, cuadros medios, funcionarios, brindó repetidos triunfos electorales al PSOE y a Felipe González entre 1982 y 1993.

Había regiones determinantes en esta coalición. Debemos empezar con Andalucía, empobrecida, marcada por el latifundio, con una larga tradición de luchas. De Sevilla procedía el nuevo liderazgo sociata. En segundo lugar es necesario mencionar a Extremadura. En tercer lugar debemos referirnos al peso específico, cualitativo, de los cuadros urbanos de la progresía madrileña.

El otro gran pivote de esta coalición era el Partido de los Socialistas Catalanes (PSC). El socialismo había encontrado un particular equilibrio entre el centralismo franquista y las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos. Era el mismo PSC de hecho una coalición progresista con un proyecto modernizador que equilibraba un catalanismo moderado con un socialismo democrático. El PSC se convirtió también en un eje vertebrador del sistema político catalán, en su particular vínculo con el régimen constitucional español de 1978.

¿La agonía?


Aznar gobernó con los nacionalistas en 1996
Esta coalición social empezó a debilitarse a partir de 1993. Durante los últimos tres años del gobierno de Felipe se elevó la tensión y se resquebrajó la base social que el PSOE había construido desde los años ochenta.

Es en ese contexto que llega el gobierno de José María Aznar (1996-2004) con otro programa de reformas, de liberalización económica, de recuperación del empleo, pero también con el quiebre de grandes consensos sociales y políticos que se habían generado desde los Pactos de La Moncloa.

El Partido Popular (PP) había tenido también su particular evolución. Como artefacto político funcionó para integrar a diversos cuadros del franquismo en el sistema democrático y para reconciliar a las bases sociales conservadoras que habían apoyado a Franco con el régimen de 1978. Democratizar a la derecha española, al franquismo, fue un gran mérito del PP en el sistema político. Con Aznar emerge también una nueva generación conservadora, más tecnocrática y con un programa económico liberal, que desarrollaron en sus ocho años de gobierno. El resultado de las elecciones de 1996 obligó al PP a gobernar en coalición con nacionalistas catalanes (CiU), vascos (PNV) y canarios (CC) pero cuatro años después el resultado de una nuevas elecciones permitió un gobierno monocolor negado a dialogar.

La emergencia de nuevas conflictos sociales y políticos durante el gobierno de José María Aznar había contribuido a conformar entonces nuevas coaliciones en la sociedad española. Los nacionalismos periféricos (vasco, catalán, gallego, canario, etc.), que habían gobernado con socialistas y populares en legislaturas previas van a resentirse bajo la mayoría absoluta que Aznar gana en 2000. En esos últimos cuatro años el PP intenta imponer su programa completo, incrementando la conflictividad social y la resistencia de los partidos y movimientos nacionalistas.

El precoz ascenso de ZP


La salida de Felipe González derivó en un difícil proceso de sucesión, incluso generacional, dentro del PSOE. De Josep Borrell a Joaquín Almunia se fue perdiendo la fortaleza de la coalición social modernizadora y democratizadora. El triunfo de José Luis Rodríguez Zapatero parecía ser parte de esta transición dentro del liderazgo socialista, lo que implicaba la superación de la generación de la transición democrática, y el ascenso de una nueva generación, con otros temas y perspectivas que vinculaban la consolidación de la democracia con la emergencia de códigos de cambio sociocultural, de políticas de igualdad que fueran más allá del discurso económico, integrando temas de género, de minorías excluidas, etc.

Pero lo que parecía ser un paso más en una transición interna alcanzó precozmente la jefatura de gobierno. Tras la torpeza del gobierno de Aznar antes los atentados del 11 de marzo de 20o4 el triunfo del PSOE en las elecciones generales fue un cambio inesperado. Rodríguez Zapatero llega a La Moncloa sin que se hubiera consolidado la renovación del proyecto político del PSOE.

El gobierno de ZP estuvo lleno de luces y sombras, con el ascenso de jóvenes socialistas a los altos cuadros del gobierno de España, con políticas de ruptura frente a lo concebido como tradicional, se profundizaron políticas de igualdad, de inserción de la mujer, de reconocimiento a la comunidad LGBTI, de integración de los migrantes, etc. Hubo una renovación rápida en el discurso y en las políticas públicas españolas.

Primer gabinete de ZP
Pero la falta de experiencia pasó factura en algunos temas tradicionales, como la política y la economía. El pase a retiro de la generación de la transición fue demasiado precoz. Con políticos de alto perfil retirándose antes de los sesenta años de edad, se despreciaron una experiencia y un conocimiento muy útiles para la democracia española en momentos de crisis. Bajo ZP no se construyó una nueva coalición sino un conglomerado tenso de políticas y de agendas progresistas dentro de una plataforma diversa que aún no había cuajado por completo.

Estas limitaciones cobraron su factura cuando llegó a España el impacto de la crisis económica mundial de 2008, que se expresó en la crisis del ladrillo, y el derrumbe del sector de la construcción. Los orígenes de la crisis española son previos al gobierno de ZP, y deriva de decisiones tomadas por Aznar para liberalizar las tierras, pero la evasión de la profundidad de la crisis durante la gestión de Rodríguez Zapatero contribuyó a la derrota socialista en 2012 y al ascenso de los populares con Mariano Rajoy.

Por otro lado, es clave mencionar el nuevo papel que los nacionalismos periféricos, frente las limitaciones del nacionalismo español, han jugado en este proceso. Durante la gestión de ZP pareció dejarse atrás la violencia política en el País Vasco, lo que representa un gran avance de la democracia española. Pero las dificultades de los socialistas en Cataluña apenas habían comenzado, pronto el PSC iniciaría su derrumbe al perder su capacidad de manejo del equilibrio entre la política catalana, que viraba hacia el independentismo, y política que se dirigía desde Madrid.

Los indignados y la crisis del proyecto democrático


Indignados en Madrid, 2011
Para el año 2011 ya era imposible eludir que la crisis económica había llegado a España, convirtiéndose en una profunda crisis hipotecaria, la “crisis del ladrillo”. Las presiones de la Unión Europea sobre España se incrementaron, las exigencias de austeridad presupuestaria, lo que implicaba importantes recortes en materia de gasto social del Estado, se convirtieron en temas de debate público cotidiano. Los desahucios contra la población vulnerable, el aumento del desempleo, con más énfasis en el juvenil, incrementaron la conflictividad social y política.

El 15 de mayo de 2011 una plataforma diversa de movimientos sociales y organizaciones inició un conjunto de movilizaciones en varias ciudades españolas, trayendo consigo la aparición de nuevas reivindicaciones sociales con un discurso contra el status quo de la política y de la economía española, una retórica antiestablishment que caló profundamente en varias capas de la sociedad española, con mayor énfasis en quienes habían sufrido lo peor de la crisis, jóvenes, pensionados, articulado rápidamente por las redes sociales, con conexiones con el mundo académico. Acá se estaba armando una nueva coalición social crítica frente a las elites tradicionales, también frente a la institucionalidad democrática española y europea. El Movimiento 15M nace de las entrañas de esta propuesta, aquí están los antecedentes de Podemos.

Reforma pactada de 2011
La presión de la famosa troika sobre el gobierno español arreció. El 23 de agosto de 2011, el Jefe de Gobierno promueve la realización de una reforma constitucional para incluir en la Carta Magna española el tema de los equilibrios presupuestarios y la limitación a los déficits públicos. Fue votada esta reforma tanto por el PP como por el PSOE, contando además con el apoyo de la Unión del Pueblo Navarro (UPN). Al contar con un apoyo abrumador en la cámara no necesitó llevarse a referéndum la reforma.

Este es el ambiente con el que me encontré en España entre 2011 y 2012. Un descrédito profundo contra la elite política tradicional por parte de los más jóvenes, un desprecio también contra la Transición española y contra la institucionalidad democrática que se había logrado construir desde 1978. El discurso del regeneracionismo antipolítico y antipartido crecía como la verdolaga entre los jóvenes que no conseguían una perspectiva de futuro. Como venezolano no pude dejar de percibir en ese discurso analogías con el que existió en la Venezuela de los años 80 y 90. Más de tres décadas después de su transición a la democracia se estaba viviendo un proceso de crisis de legitimidad del sistema democrático español.

Rubalcaba, control de daños
El gobierno de ZP estaba en una prolongada agonía. La campaña de Alfredo Pérez Rubalcaba, de los mejores representantes de la vieja guardia del PSOE, cargaba con un fardo muy pesado. Quedaba fundamentalmente por hacer una política de control de daños para evitar que la crisis arrastrara a todo el PSOE hacia el desastre. Luego tendría que venir la renovación.

Las elecciones de 2012 le dieron una holgada victoria a Mariano Rajoy y al Partido Popular, pero detrás de las urnas electorales se venía conformando un amplio movimiento social que tensaría los límites de la democracia española. El gobierno de Rajoy puso en ejecución todo el proyecto de austeridad fiscal impulsado por la troika de la Unión Europea. La reducción del gasto público, los recortes afectaron a toda la sociedad española. A pesar de la recuperación económica, e incluso de la recuperación de la capacidad de la economía española para generar empleo, el daño social parecía profundizarse en determinados grupos vulnerables, lo que rápidamente pasó a trasladarse a la emergencia de una nueva política. La crisis tuvo una capitalización política y social, un conjunto de plataformas ciudadanas empezó a abrirse paso entre los partidos políticos, frenando desahucios, construyendo nuevas redes.

Sin “café para todos”


Mas y el giro independentista
En Cataluña se vivía un drama muy específico. Los nacionalismos periféricos tenían un lugar privilegiado en el entramado constitucional español. El “café para todos” del Estado de la Autonomías pretendía distribuir los beneficios entre todas las comunidades autónomas, el sistema electoral favorecía la representación de los partidos nacionalistas periféricos (como Coalición Canaria, el Partido Nacionalista Vasco, Convergencia i Unió, ERC, etc.), por encima de partidos con más votación pero repartidos en todo el territorio español (como el PCE y luego IU). Tanto PSOE como PP pactaron en repetidas ocasiones con los nacionalistas para fortalecer su gobernabilidad.


Pero la crisis también rompería este equilibrio, fortaleciendo una nueva emergencia del catalanismo independentista. Una vez que la política catalana gira hacia el independentismo las tensiones empezaron a corroer al Partido de los Socialistas Catalanes (PSC). Incapaz su dirigencia de manejar la tensión entre Madrid y Barcelona empieza a perder su influencia regional, perjudicando fuertemente a todo el PSOE, quien perdería su baza catalana. De ser el principal partido termina descendiendo al quinto lugar. Esta misma deriva llevaría a la ruptura de Convergencia i Unió (CiU) y a un fortalecimiento de la ERC y de la CUP. Pero, a efectos del presente análisis, el impacto central deriva del derrumbe del PSC.

Los actores de la ruptura


Podemos apareció en escena en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, colándose con 5 escaños. Manejando un discurso contra el establishment político español, una dicotomía que oponía a los de abajo contra los de arriba, los excluidos contra los incluidos, los de fuera contra los de dentro, que contribuyó a capitalizar el descontento con una estrategia de marketing muy efectiva y una organización creciente.

Sostiene un discurso de ruptura con el régimen político democrático que se inició en 1978, insistiendo en repetidas ocasiones en una lectura negativa del proceso de Transición, de los pactos y acuerdos que dieron paso a la democracia en España. Ese rechazo a los acuerdos políticos se corresponde también a una actitud crítica contra la institucionalidad política liberal y la deliberación plural, más allá de la teatralidad de la tertulia televisiva.

Con cuadros provenientes, en primera línea y en un primer momento, del mundo académico, con amplia presencia de profesores de la Universidad Complutense de Madrid, supieron aglutinar la base sociológica de los indignados, y del Movimiento 15M, que se había lanzado a las calles tres años antes.

Ha sido un movimiento pragmático en sus alianzas, tanto para financiarse como para proyectarse, sin tener escrúpulos de buscar recursos del régimen autoritario venezolano como para conseguir un canal en alianza con el régimen islámico de Irán.

Asimismo, ha construido redes de alianzas locales y regionales, manejando un discurso ambiguo frente a temas complejos, mientras se conecta con coaliciones de ciudadanos que manejan dicotomías similares. Así, a pesar de no participar directamente en las Elecciones Municipales de 2015, supieron cosechar resonantes éxitos de sus “aliados” o compañeros de ruta en Barcelona, con Ada Colau, y en Madrid, con Manuela Carmena, entre algunas otras importantes.

En algún momento quiso evadir la dicotomía izquierda-derecha para consolidarse como fuerza anti status quo en la más fructífera de abajo-arriba, pero decidió emplear una identidad “socialdemócrata” para absorber el espectro sociológico de la izquierda. La alianza con Izquierda Unida termina con configurar este perfil.

El otro nuevo actor es el movimiento Ciudadanos. Tuve oportunidad de conocerlos como partido político catalán en 2011 y 2012. En Cataluña el movimiento Ciutadans (C’s) asumía una posición de centro, moderado, que defendía que la identidad catalana existía dentro de la identidad española, y no en oposición a ella. Defendía la educación en castellano al mismo nivel que la que se realizaba en catalán. Estas políticas eran calificadas de “derecha” por una parte importante de la opinión pública catalana.

Ciudadanos estuvo cerca de construir una alianza con la Unión, Pueblo y Democracia (UPyD) de Rosa Díez en elecciones previas, en un intento de crear un nuevo centro político que rompiera la polarización española entre el PP y el PSOE. La incapacidad de construir esa alianza y la proyección de Ciudadanos hacia toda España terminó de sentenciar la decadencia de UPyD.

Con Albert Rivera a la cabeza Ciudadanos ha tratado de configurarse como una fuerza del centro político, abierta a alianzas tanto con el PP como con el PSOE. Su resultado electoral estuvo muy por debajo de lo que las encuestas proyectaban. Al parecer el electorado popular, del que parecía alimentarse, se nuclea en las coyunturas electorales, más allá de los escándalos de corrupción.

Más allá del sorpasso


El PSOE  se juega el futuro
Las elecciones de diciembre de 2015 dejaron abierto un escenario inédito en la democracia española. De un sistema bipartidista sui generis, por la presencia de los partidos nacionalistas como recurrentes aliados, se pasó a un escenario con cuatro partidos fuertes, pero con grandes dificultades para constituir gobierno.

El Partido Popular, a pesar de haber perdido muchos escaños y votos, parece encontrarse en relativa comodidad como primera fuerza, aunque no pueda formar gobierno. Lo más probable es que el 26 de junio sea la fuerza más votada, contando con un electorado más leal, teniendo el control de su espectro político y de su base sociológica.

Lo que hay que tener claro es que la pelea del domingo es por el electorado progresista español, por la base sociológica de la izquierda, es allí donde las mutaciones están ocurriendo con rapidez. Los cambios en ese espectro pueden tener un impacto decisivo en el sistema democrático español.

Parece ser Podemos, ahora en alianza con Izquierda Unida, la más importante amenaza para el sistema, justamente amenazando con desplazar al PSOE del segundo lugar. En las elecciones de diciembre el avance de Podemos se realizó a expensas del electorado tradicional del PSOE. Los socialistas quedaron desplazados por Podemos entre el electorado urbano de las principales ciudades, así como entre los sectores más jóvenes, de donde se reclutan los principales cuadros de los partidos progresistas.

Pedro Sánchez (PSOE) se encontró en un difícil predicamento luego de las elecciones de diciembre. Podemos se estaba comiendo su electorado desde abajo. Eso determinaba el margen de maniobra de Pedro Sánchez. Si apoyaba en Rajoy en una gran coalición como la alemana, podía terminar como el PASOK griego, perdiendo toda su base electoral a manos de su competidor de izquierda. Pero lo mismo podía ocurrir si se aliaba con Podemos contra Rajoy. Intentó Sánchez infructuosamente construir alianzas a tres a su alrededor, incorporando a Ciudadanos. Pero fue infructuoso. Se hizo inevitable una nueva elección.

Claramente el objetivo a corto plazo de Podemos no es derrotar al PP ni sustituir a Mariano Rajoy en La Moncloa, sino desplazar al PSOE en el electorado de la izquierda española. La alianza con Izquierda Unida apunta en esa dirección. De lograr el sorpasso solo sería cuestión de tiempo para que Pablo Iglesias gobierne España desde La Moncloa.

El ascenso de Podemos puede convertirse en el inicio del fin del régimen democrático derivado de la Transición. A pesar de que ha insistido últimamente en mostrar un perfil socialdemócrata su programa económico no es claro, aunque parecen reivindicar las reformas iniciales de los griegos de Syriza, así como muestra admiración por el régimen venezolano.

En manos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se encuentra la defensa de la democracia española, de los avances que se han venido construyendo social, política y económicamente, y también la posibilidad de avanzar en una reforma sustancial, progresista, modernizadora, del pacto constitucional que une a los españoles. En materia de la reforma del Estado de las Autonomías ha propuesto el PSOE la creación de un Estado Federal. La apuesta por una izquierda responsable ha sido siempre la baza central del PSOE de la democracia. Esta es la encrucijada en que se encuentra España. En pocas horas veremos hacia donde se dirige la voluntad de los españoles.


Palacio de La Moncloa
Sobre España escribo desde el afecto, desde la cercanía, por las relaciones históricas que nos vinculan de ambos lados del Atlántico. Quienes luchamos por la democracia somos compañeros donde quiere que estemos. Permaneceremos pendientes.